bau_bill_gold_Dracula_

Bill Gold. El genio invisible de Hollywood

Toni Garcia. Publicado en el País Semanal del 3 de julio de 2011.

Hollywood es un universo con sus propias reglas donde lo único constante es la presencia del dinero, el auténtico astro rey. En torno a él giran un sinfín de planetas cuya vida depende íntegramente de su capacidad para adaptarse: actores, directores y productores integran ese peculiar sistema solar. En su órbita se mueven miles de diminutas estrellas que de cuando en cuando logran sacar la cabeza, pero que brillan sin la fuerza necesaria para competir con los grandes astros. Viven allí compositores, escenógrafos, guionistas y directores de fotografía, y -en ocasiones- algunos logran trascender y ocupar su propio espacio. Y al final, solo al final, en los confines de ese universo viven los que nunca han sido considerados parte esencial del mismo, hombres y mujeres de trabajo sordo (y a veces ciego) que forman parte de la cara oculta del séptimo arte, aquella que se empeña en camuflarse y quitarse importancia.
En ese rincón olvidado habita Bill Gold.

Gold es probablemente el creador de carteles cinematográficos más famoso y dedicado de la historia del cine. Su carrera abarca más de 60 años de trabajo que le han llevado a colaborar con François Truffaut, Elia Kazan, Sidney Lumet, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Federico Fellini, John Ford, Sam Peckinpah, Alan Parker, Ridley Scott, Brian De Palma, Howard Hawks o Clint Eastwood. Sin embargo, y a pesar de este currículo, Gold sigue siendo un desconocido de tomo y lomo, una nota emborronada a pie de página a la que uno no presta atención porque está demasiado ocupado con otros asuntos.

Su figura, tan imprescindible para entender el cartelismo cinematográfico como el expresionismo alemán, el surrealismo polaco o el modernismo americano, permanece agazapada bajo una montaña de indiferencia que ahora, en pleno siglo XXI, un libro pretende derribar.

Cuando recibí la llamada de Bill Gold no podía creerlo. Es una leyenda. Cuando dijo que quería trabajar conmigo me sentí abrumado por la responsabilidad. Un amigo que conocía mis libros sobre carteles le habló de mí. Bill quería publicar un volumen sobre su carrera, pero nadie quería hacerlo. Le contestaban que no era interesante. Yo conocía sus trabajos para Tarde de perros y Sin perdón, pero poco más. Le pedí que me contara un poco más acerca de su carrera. Cuando acabó solo pude decir una palabra: ‘Joder”. Tony Nourmand, editor de Reel Art Press, habla de su criatura, Bill Gold poster works, un descomunal libro de 10 kilos de peso, como quien describe a su hijo recién nacido tratando de disimular orgullo.

Es un día frío en Londres, a pesar de ser junio. Nourmand toma un café en el corazón de Charing Cross Road mientras recuerda los detalles de un proyecto que empezó como una locura. “No queríamos hacer un libro más sobre el tema, sino el libro. Por eso me he pasado más de un año trabajando en él. Cuando el impresor me decía que aquí deberíamos utilizar oro porque así la página quedaría perfecta, yo le miraba como si estuviera loco, pero al final contestaba que sí. Lo más difícil ha sido dejar fuera tantas cosas maravillosas. Nadie sabe el tesoro que tiene este hombre en su casa”.

El resultado del trabajo es un volumen de auténtico lujo, cuyo elevado precio (casi 500 euros) no ha impedido un éxito de ventas a ambos lados del Atlántico y ha conseguido que por fin el apellido Gold aparezca -más vale tarde que nunca- en algunos de los medios de comunicación más importantes del mundo. Para coordinar el trabajo se contrató a Christopher Frayling, uno de los estudiosos de la historia del cine más reputados del mundo. El hombre que acuñó la expresión spaghetti-western y sobre quien recayó la responsabilidad de seleccionar (junto al propio Gold) las 2.000 imágenes -muchas de ellas restauradas para la ocasión- que ocupan las más de 400 páginas del libro. “Bill Gold es un gigante del mundo de los carteles cinematográficos y el último superviviente de una estirpe. Hay que pensar una cosa: cuando Bill Gold empezó a trabajar para Warner, lo único que tenían eran pinceles y lápices. Todo se hacía a mano. No había retoques digitales, ni programas de diseño, ni nada de nada. Una de las primeras cosas que hizo Bill, por ejemplo, fue crear sus propios alfabetos, diseñarse sus propias tipografías. Eso es impensable ahora mismo. Piensa en los pósteres icónicos que ha creado y el hecho de que fue capaz de sobrevivir a este cambio gigantesco que supuso la llegada a los ordenadores y te darás cuenta de la extraordinaria medida del personaje”, cuenta Frayling por teléfono.

Bill Gold empezó a trabajar en Hollywood en 1942 con quien después se convertiría en su cliente más fiel: los míticos estudios Warner Brothers. Gold, neoyorquino de pro y entusiasta del arte en todas sus variantes, empezó haciendo unos bocetos para que sus jefes vieran si el tipo valía o no. Los bocetos eran cuatro interpretaciones clásicas de los hits de la casa (entre ellos, el Robin Hood de Michael Curtiz), y así, de entrada, le consiguieron un pasaporte a su primer cartel: el de una película protagonizada por James Cagney llamada Yankee Doodle Dandy (Yanqui Dandy, en España). Gold trazó un póster de tintes patrióticos. Al fin y al cabo, era lo que tocaba cuando el mundo se enredaba en la II Guerra Mundial. A los de arriba les gustó el estilo de su nuevo fichaje y decidieron encargarle un nuevo trabajo para una película en la que el estudio no había depositado demasiadas esperanzas a tenor de lo visto en su caótico rodaje.

Gold envolvió a los rostros de sus protagonistas en un halo de misterio y perfiló a mano el título del filme. La película fue un exitazo enorme, y su título, Casablanca, se convirtió en un símbolo para los cinéfilos. El maravilloso cartel de Gold sigue siendo mítico a día de hoy, aunque el mundo siga sin saber el nombre del señor que se lo ingenió. A pesar del éxito, el artista siguió picando piedra, y de hecho no fue hasta 1948, año en que Alfred Hitchcock le reclamó para diseñar el póster de La soga, cuando su carrera despegó definitivamente: Un tranvía llamado deseo, Extraños en un tren, Los crímenes del museo de cera, Crimen perfecto, Al este del Edén, Centauros del desierto y Río Bravo marcaron su carrera en los años cincuenta. En los sesenta alumbra obras como La leyenda del indomable, Grupo Salvaje o Bonnie & Clyde. Títulos que le consolidan como uno de los mejores creadores de carteles de la historia junto a Saul Bass, que en aquella época también despuntaba gracias a sus trabajos para Otto Preminger y Alfred Hitchcock.

“Saul Bass y Bill trabajaron juntos en el departamento de arte de Warner Bros a mediados de los cuarenta”, recuerda Christopher Frayling. “¿La razón por la cual Bass es tan famoso y nadie conoce a Gold? Bueno, creo que es muy sencillo, los carteles de cine siempre han sido algo como de segunda división, un entretenimiento menor. Saul Bass se hizo famoso por sus trabajos para marcas o sus aventuras en el diseño industrial. Mucho después, la gente recuperó su carrera como cartelista. Gold nunca empujó para ser famoso. Se consideraba un artesano del cine, no hizo nada más que diseñar carteles. Nunca le interesaron ni la fama ni el reconocimiento. Hay que tener en cuenta además algo muy importante: los mejores ilustradores del mundo pasaron por el estudio de Bill Gold entre los cuarenta y los setenta. Lo que más me molesta es el esnobismo que hace que mucha gente no crea que un cartelista de cine no es un artista de pies a cabeza, que no tiene importancia. Los carteles de cine pueden ser mágicos y con este libro hemos buscado devolverles ese estatus”.

La trayectoria del artista en los años que siguieron fue fulgurante: La naranja mecánica, Barry Lyndon, Fama (y su famoso logo), Hair, Alien, La invasión de los ladrones de cuerpos, Primera plana, Todos los hombres del presidente, Yakuza, Operación dragón, El exorcista, Tal como éramos, Papillon, El golpe, Uno de los nuestros, Defensa o Diamantes para la eternidad sellaron el pacto de sangre que Gold tenía con el séptimo arte.

Mención aparte merece la relación del artista con Clint Eastwood. Ambos se conocieron en 1971 cuando el primero recibió el encargo de diseñar el póster para la película Harry el Sucio. El director del filme, Don Siegel, y el propio Eastwood eran conocidos en Hollywood por su afición a rechazar propuestas o exigir cambios a los diseñadores que trabajaban para ellos. Cuando Gold envió su propuesta, actor y realizador respondieron: “No cambies nada”.

Eastwood volvió a llamarle para su siguiente película, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente… y así pasaron 40 años hasta llegar a Mystic River, poco antes de que Gold se retirara de un negocio que ya no entendía: “No hay ningún ejemplo de una colaboración tan fluida y maravillosa entre un director y un cartelista como la que han tenido durante cuatro décadas Bill Gold y Clint Eastwood. Miremos, por ejemplo, el primer teaser-póster de Sin Perdón, donde aparece Eastwood con el abrigo y la pistola en la mano, de espaldas. Ni siquiera puedes verle la cara… es impresionante. O el cartel de Mystic River, con el reflejo de los tres hombres en el río. Mirándolo sabes que aquellos tipos comparten un oscuro secreto. El único ejemplo que se me ocurre donde percibir tal sintonía entre director y artista es la relación entre Pedro Almodóvar y Óscar Mariné. Solo con mirar los carteles de uno sabías qué quería decir el otro. Eso ya no existe, ahora todo es lo que Bill llama La aproximación Monte Rushmore al cartelismo: rostros de estrellas en el póster. Se ha perdido cualquier atisbo de originalidad”, remata Frayling con amargura.

Bill Gold tiene ahora 92 años y vive en un pequeño pueblo a 45 minutos de Nueva York. La edad le pasa factura, se cansa con frecuencia y uno de sus oídos insiste en fallarle. Vive con su segunda mujer, Susan, que hace las veces de mánager. Su casa es un auténtico museo. Más de medio siglo después ha visto su nombre en los titulares: The New York Times, el Hollywood Reporter, The Spectator o el LA Times le han rendido homenaje en una disculpa implícita, reconociendo su impresionante aportación al mundo del arte en su vertiente cinematográfica. En 1994, Gold afirmó: “Mirando los carteles de las películas de hoy creo que todas deben de ser iguales”. Diez años después se retiraba, dejando tras de sí una obra inigualable y convirtiéndose en el genio más rabiosamente invisible que ha engendrado en décadas ese monstruo llamado Hollywood.